El aceite de oliva

Despreciado en otros tiempos y enaltecido en la actualidad por el boom de la dieta Mediterránea, el aceite de oliva tiene características únicas en el campo de la alimentación humana.

En un artículo publicado, tiempo atrás, en el New England Journal of Medicine –una de las revistas médicas más prestigiosas del mundo- se aportan nuevos datos sobre el efecto protector en las arterias del aceite de oliva. Aparece en ella un trabajo realizado en la universidad de Harvard que señala, entre otras cosas, que para reducir la incidencia del infarto de miocardio y de la angina de pecho no hay que eliminar las grasas de la dieta. El tema es la calidad de las grasas que se consumen.

Lo que sucede es que el organismo “quema” grasas en su actividad cotidiana; la alimentación equilibrada las requiere en la cantidad y calidad precisa para nuestro cuerpo, siempre que se trate de grasas de “buena” calidad, es decir: grasas monoinsaturadas. La alimentación actual de nuestra sociedad occidental es excesivamente rica en grasas polinsaturadas (fundamentalmente de origen animal) que son las que generan la arteriosclerosis.

Los beneficios de este aceite
Los efectos beneficiosos del aceite de oliva se deben tanto al alto contenido de ácidos grasos monoinsaturados como al alto contenido de sustancias antioxidantes.

Cuando los ácidos grasos saturados (que elevan el LDL, también llamado “colesterol malo”) son sustituídos por los monoinsaturados contenidos en el aceite de oliva se reducen las concentraciones tanto del colesterol total como del LDL, sin reducir los niveles del HDL o “colesterol bueno”. Además, gracias a los esteroles que contiene, se bloquea la absorción del “colesterol malo” directamente en el intestino.

A todo esto hay que añadir el hecho de que el aceite de oliva tiene gran cantidad de vitaminas A y E así como de polifenoles, que tienen una poderosa acción antioxidante y resultan buenísimos para la piel y las mucosas.