Tratamiento de abscesos, fístulas, amígdalas y fracturas

Referente a los abscesos se indicaba que la incisión debía tener la profundidad de dos dedos y practicarse en la misma dirección de la cavidad. En ciertas partes, como por ejemplo en los párpados, las mejillas, las sienes, los labios y la axila, la incisión debe ser en dirección transversa. En cambio en la palma de la mano debe ser circular, y semicircular en el ano y el pene. Después de las operaciones el enfermo debe ser lavado con agua caliente, luego el absceso debe ser exprimido en su totalidad circundándolo con los dedos hasta vaciarlo completamente, y por último lavado con un astringente. En su orificio se introduce una tira de tela impregnada en grasa de sésamo y miel cubriendo luego todo con una papilla sobre la cual se coloca una tela, ni demasiado gruesa ni demasiado fina. Por último se venda. Al tercer día se quita el vendaje y se renueva, operación que sólo en caso de fuertes dolores se puede realizar en el segundo día. Se describe luego todo el proceso de granulación y curación.

Está también demostrado que practicaban la operación de la ístula anal y la amigdalectomía. En este caso se usaba un cuchillo semicircular, después de que las dos amígdalas eran apresadas entre las dos ramas de una pinza y empujadas hacia arriba. También se ocupaban del tratamiento quirúrgico del prolapso del recto.

En lo referente a las fracturas, indicaban como signo característico la crepitación de los huesos. Las prescripciones para las amputaciones eran precisas, así como el tratamiento de las luxaciones en todo lo cual eran expertos peritos. Así por ejemplo en la luxación del húmero, la reducción se indica empujando el hueso hacia arriba y manteniéndolo a lo largo del costado después que se ha puesto una almohadilla o una tela arrollada debajo de la axila. Luego se indica un vendaje que pase alrededor de la axila y de la nuca en forma de 8.

Se refiere en especial a tres tipos de intervenciones quirúrgicas en que realmente fueron pioneros y maestros indiscutibles. Se trata de la operación de catarata, la talla vesical y la rinoplastia.

Cómo los árabes aprendieron de los indios a operar las cataratas.

Tenemos la técnica descripta en el siglo XII por el médico árabe Mohamed Al-ghafiqi, para comprender los altos niveles alcanzados más de dos mil años antes por la medicina india:

"Colocar al enfermo sentado en un almohadón blando, con las rodillas contra el pecho y las manos apretadas contra las piernas. El médico se sienta en una silla para estar un poco más alto. Ocluir el ojo sano con una venda de espesor mediano. Esto ofrece dos ventajas, primero que este ojo o hace movimientos durante la operación, y segundo que en caso de fracaso, cuando el enfermo vea un objeto que se le presente, no puede decir que ya lo había visto con el ojo sano.

Ordenar luego al ayudante quedarse parado detrás del enfermo y sostener su cabeza. Levantar enseguida el párpado superior del ojo para separarlo completamente del párpado inferior de manera que todo el globo del ojo sea visible. Se ordena entonces al enfermo girar su pupila hacia el ángulo interno prestando atención al médico. En seguida dirigir la mano (del médico) hacia el pequeño ángulo externo fuera del limbo a una distancia correspondiente a la longitud de la punta de la aguja. Hecho esto, marcar el punto en que se intenta perforar presionando con el mango del instrumento de manera de crear una depresión del ancho de un tercio de un grano de cebada. Esto por dos razones: primero, para habituar al enfermo a tener su mirada fija poniéndolo así a prueba; segundo, para crear a la punta de la aguja un emplazamiento en que quedará fija sin deslizarse ni desviarse en el momento de su penetración. Esta marca debe estar a nivel de la pupila o un poco más alta, pero jamás más baja. Se debe operar el ojo derecho con la mano izquierda y el izquierdo con la derecha. Enseguida se presiona la punta triangular de la aguja en forma enérgica hasta perforar la esclerótica, sintiendo que el instrumento se halla en un espacio vacío y amplio. La presión ejercida sobre la aguja debe inclinarla un poco hacia el ángulo externo, lo que es más seguro para las otras túnicas y para que el médico esté más protegido en caso de que el instrumento se deslice. Antes de presionar sobre la aguja es necesario que el pulgar y el índice de la mano libre tomen el globo ocular arriba y abajo por sobre los párpados para impedir al ojo que se mueva y ello entorpezca el acto operatorio. La longitud de penetración de la aguja debe corresponder a la distancia que media hasta la pupila sin excederla más de medio grano de avena, pues si no se corren riesgos peligrosos. Durante la penetración del instrumento hay que tener su punta firmemente con los dedos de la mano, haciendo reposar la aguja sobre la punta del pulgar como si estuviera sobre un lecho de dormir. Hablar con el enfermo usando palabras dulces para calmar su emoción. Es necesario además que no haya comido pues podría vomitar. Si esto acontece, darle a beber líquidos acidulados como el jarabe de granadas, de ageaz o de tamarindo. Cubrir el ojo con algodón nuevo, soplando encima suavemente para calmar la inquietud del ojo. Inclinar enseguida la aguja lentamente hasta verla sobre la catarata, puesto que el cobre es bien visible gracias a la transparencia de la córnea. En cambio el iris es rechazado durante la maniobra de la aguja y no perforado, dado que su superficie es lisa y redondeada, y precisamente la punta de la aguja se hace redondeada y no puntiaguda para evitar este accidente. Constatar enseguida en qué zona se halla la punta de la aguja. Si no ha llegado a la catarata, empujarla suavemente, y si se ha excedido se la retira hasta ubicarla correctamente sobre la catarata. Constatando esto, elevar el mango de la aguja lentamente, así la catarata es empujada hacia abajo y atrapada por las irregularidades de la uvea. Si la catarata cae inmediatamente, esperar sin retirar la aguja del globo ocular, por cuanto aquélla puede volver a su sitio. En este caso hay que bajarla otra vez, pues a veces los bordes del cuerpo ciliar son lisos y no la retienen. Otras veces la catarata es demasiado blanda. Hay un tipo de catarata que cuando se baja, cae y desaparece como una piedra en un pozo sin dejar ningún rastro. También hay otras muy diíciles de bajar pues siempre vuelven a subir en distintas direcciones ya se empuje abajo, arriba, hacia el ángulo interno o al externo. Si la catarata es diícil, hacer sangrar presionando con la aguja la región del ángulo interno para hacer correr sangre y hacer que ésta se adhiera a la catarata y la baje. En esta forma no vuelve nunca a subir. Lo mismo en caso de producirse una hemorragia involuntaria que se adhiere a la catarata, bajar ésta inmediatamente es lo más seguro para que se disipe yendo aquélla al fondo. El enfermo debe ayudar a bajar la catarata carraspeando la nariz como para escurrir mucosidad hacia la boca y no hacia la cavidad nasal. Una vez bajada la catarata. Se retira la aguja despaciosamente hacia fuera. Esta paracentesis no produce dolor. Si una vez retirada la aguja se nota el ojo intacto se venda con una yema de huevo mezclada con aceite de rosas. Pero si aparece hemorragia en el orificio de la paracentesis, comprimir con un vendaje con sal fina, la que es resolutiva. Se deben vendar los dos ojos fuertemente y hacer dormir al enfermo de espaldas en una habitación oscura con la cabeza almohadillada sobre ambos lados. Debe permanecer inmóvil como un muerto, sin deslizarse. Si desea alguna cosa debe hacer un signo con la mano para que lo satisfaga el encargado de su cuidado. Sobre las sienes convienen compresas estupefacientes para prevenir dolores de cabeza. Evitar la tos, el estornudo, el hablar, así como hacer cualquier movimiento. Si hay deseo de estornudar, debe frotar enérgicamente su nariz y morder el labio superior, y si hay deseos de toser darle pequeños sorbos de jarabe de aceite de almendras dulces. Así se calman. También pueden pellizcar enérgicamente la punta de la lengua. En cuanto al régimen, debe ser liviano con alimentos que no se mastiquen como ser los platos de legumbres y sopas de harina que, aunque son digestivos no se debe hartar ni beber demasiada agua.

Al segundo día sacar la venda suavemente con el enfermo acostado y lavar el ojo con algodón embebido en agua de rosas, de manera que el paciente no sienta tu mano ni sea abierto el ojo. Volver a vendarlo sobre otro algodón embebido en clara de huevo diluida. Pero si esto se hace al tercer día aún es mejor. Entonces se lo puede sentar recostado sobre almohadones, pero evitando siempre los movimientos. Suspender delante de la cara una tela negra y continuar el régimen durante siete días. Si hubiese necesidad de aplicar remedios, sólo se debe usar hematita y antimonio. En caso de que la catarata remontara de nuevo no habiendo inflamación, introducir otra vez la aguja por el mismo orificio, pues aún no está cerrado debido a su naturaleza cartilaginosa. Si hubiera una plétora o una cefalea harían fracasar la cura. En caso de quedar en la zona de la paracentesis una carnosidad excedente extirparla y no habrá más problemas".

Frente a este texto del siglo XII en que la medicina árabe había recogido en Bagdad las fuentes asirio-babilonias del código de Hammurabi, indudablemente influidas en este aspecto por la medicina india, vamos ahora a transcribir la redacción del Susruta Samhita hecha veinte siglos antes de Mohammed Al-gafiqi.